El amor es como el fútbol: mueve a multitudes, hace latir los corazones, y de vez en cuando también los rompe. Requiere de un entrenamiento constante, y por qué no, de un poco de buena suerte. A veces corremos, a veces nos corren. Y cuando parece que estamos a punto de convertir, se nos escapa la pelota y nos sorprende un contraataque. Nos quedamos boquiabiertos, rogando que el arquero evite lo inevitable.Tratamos de remontarla, transpiramos la camiseta, la intercambiamos, y la volvemos a transpirar. Cuando no podemos salir a la cancha nos quedamos en el banco de suplentes, esperando ansiosamente que nos den el okey para poder entrar. Y una vez adentro, tenemos hinchada propia: quiénes sino nuestros amigos!!, que ríen y descargan bolsas de papel picado con nuestros goles, y están siempre para bancarnos a muerte en el descenso.. Porque el fútbol es eso, un juego de idas y vueltas, de gambetas, que como en la vida, a veces se gana, a veces se pierde.
Cabeceamos, nos caemos al piso, nos sacan en camilla, nos reponemos, y cuando queremos acordar estamos de nuevo adentro gritando goles que metemos con la mano de Dios. Cometemos faltas, nos sacan amarillas y también alguna roja. Nos juegan sucio, se vende el árbitro, o nos cortamos las piernas si el dopping da positivo. Y cuando parece que estamos ante el gol de nuestra vida, resulta que la banderita inoportuna nos delata adelantados…
Pero por sobre todo, el amor al igual que el fútbol, es un juego en equipo altamente impredecible. Tan, pero tan hermosamente impredecible como esos milagros que ocurren una vez cada tanto y nos sorprenden convirtiendo un GOOOOOOOOOOOOOOOOL en el tercer minuto adicionado. Y nadie, ni siquiera el jugador lo puede creer!! Es ahí cuando la cara se nos pinta con los colores del equipo, nos late el corazón en la garganta, y Dios desde el cielo festeja con nosotros que le hayamos entrado con tantas ganas al centro que nos tiró.


